Desde el Suelo

February 2, 2006
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Este cuento lleva varios años ya en desarrollo. Fue publicado en varias partes en otro de mis blogs, pero ahora lo presento completo

“La puerta se cerró detrás de ti
y nunca más volviste a aparecer…”

El golpe llenó el vacío del departamento. Junto al teléfono, las cuentas sin pagar. Y yo, sentado junto a él, soy lo único que queda. Las alfombras, instaladas ya en otro lugar, habían dejado su marca en el parquet: un área clara con un nítido borde. Tú y tus cosas ya no estaban. Sólo yo, las cuentas y el teléfono. Afuera, la noche caía sobre la ciudad, en una densa neblina que apagaba las luces y los letreros luminosos.

Hoy amanecí sobre el suelo. Cubierto por el silencio y el frío, desperté mirando el ventanal. Hasta el olor a desayuno te llevaste. Las líneas del parquet se ven más claras desde aquí abajo. El teléfono y las cuentas siguen donde mismo. Si yo no las muevo, ¿quién más?El día esta soleado, pero no tengo la fuerza para moverme. Son las 12, porque el sol ya entra por el ventanal sin cortinas, pero yo aún sigo aquí. No hay razón para moverme. Todo se ve gris desde el suelo, las murallas y sus marcas de los cuadros, el techo y las manchas negras de las luces, el parquet viejo y los recuerdos de las alfombras. Todo con sus marcas. El frío sol primaveral de allá afuera también tiene su marca. Es la tuya, la de tu sonrisa, tus dientes amarillos y tu tapadura dorada. El teléfono no ha sonado, creo. Gris también, sigue acostado junto a las cuentas, sin sonar. Y si lo hiciera, no creo que lo llegue a contestar.

Cierro los ojos y escucho. Bocinas, murmullos de pasos y gente hablando cosas sin sentido, en una ciudad angustiantemente gris y opresora. Odio esta ciudad, porque cada esquina, cada plaza, cada niño, cada mirada me recuerda a ti. A esa primera vez que te vi, sentada en aquel banco de aquella plaza, conversando alegremente con tus amigas, esas que después me dirías que eran unas estúpidas, pero que continuarías viendo. O a la segunda vez, cuando te declaré mi amor y tu, aún sin conocerme, dijiste que era gracioso y me besaste en la mejilla.

El ventanal aún deja entrar algo de sol, aunque por el tono rosado – anaranjado de todo, debe estar por ocultarse. Hasta hace poco, el calor daba en mis pies, pero no lograba entrar en mi fría sangre ni entibiar mi embotada conciencia, tan falta de tu calor. ¡Si tan solo en este parquet quedara algo de tu aroma!. Vuelvo a cerrar los ojos e intento no pensar en ti, pero hasta lo poco que recuerdo de la última semana tiene tu silueta y tu perfil reflejado. La vez que llegaste al departamento sin tu perfume en el cuerpo, cuando normalmente este te duraba hasta la mañana siguiente, y me dijiste que habías olvidado ponértelo esa mañana. O el desayuno que me preparaste, como disculpa por haber trabajado hasta tarde el día anterior.

Ya oscureció. En la pared sólo se refleja la luz de la ciudad, probablemente de uno de esos letreros luminosos intermitentes que hay en este sector que promociona una bebida, si no me equivoco. Pero da lo mismo, porque tu ya no estas para compartir una conmigo. Estoy boca abajo, mirando de lado el teléfono silencioso. Nadie te ha llamado, menos a mi. ¿Con qué afán lo observo una y otra vez, si se que tú no llamarás? Con gran esfuerzo, por el dolor de espalda que me provocó el duro suelo, pateo el teléfono y lo hago saltar hasta la muralla del frente, descolgado y dejándolo sonar por primera vez. Las cuentas siguen sin moverse. Cambio de posición, hasta acurrucarme, intentando no oír el sonido del teléfono: tuuuuuuuu…..

Parece que me dormí. Aún es de noche, y tu no has regresado. El teléfono ya tiene el sonido intermitente de congestión. Tu, tu, tu, tu, tu. Ahora más que nunca, tu no has llamado, puedo estar seguro. Como esa vez que intenté verte en tu trabajo, y haciéndome pasar por mensajero, pregunté por ti. -Esta ocupada – me dijo la recepcionista – cuando deje de hablar por teléfono le atenderá-, y detrás de la puerta, tu voz, despidiéndose de alguien que no era yo. La recepcionista debe haber quedado intrigada porque me fui tan rápido ese día, luego de decirle que tu nunca tendrías tiempo para atenderme. Y no me equivoqué.

Me cuesta conciliar el sueño en este frío suelo. Debe ser media noche, y yo estoy aquí con los ojos abiertos mirando el encender y apagar de las luces reflejadas en el techo. Dormir todo el día no es una costumbre adecuada que ayude a evitar el insomnio, recuerdo que me dijiste una vez. Pero ya da lo mismo. No tengo en qué gastar mi día, ni con quien compartir la noche. Eso también hecho de menos. Tu suave roncar en la noche, tus mejillas apoyadas sobre la almohada, tu cara de ángel, tu respiración en mi cara, tu perfume. Todo me mantenía hipnotizado mientras dormías. Cuántas veces te dije lo mucho que te quería, y nunca supe si tu oías o no, pero respondías girándote en la cama hacia la ventana mientras te cubrías con las frazadas y me dejabas hablando a tu cuello. Y seguías roncando.

Algo me despertó sobresaltado. Levanto la cabeza y veo hacia la ventana. El sol ya salió afuera, ese que tu veías salir todos los días mientras tomabas tu café. Por eso, prefiero no verlo y quedarme donde estoy. Aunque me levantara, quedaría desocupado para pensar en ti inmediatamente, porque desde ese mes, ya no tuve más trabajo. Ese mes fue cuando llegó mi nuevo jefe, ¿recuerdas?…Ahora que lo pienso, tu ya lo conocías. Mi mente, aún en el suelo, vuelve a salir por el ventanal sin cortinas. ¿Te habrás levantado ya tu? ¿Te habrás puesto tu bata esa, la con flores? ¿Te habrás preparado tu café con dos de azúcar? Miro el teléfono en el suelo, pensando en llamarte, pero…¿a dónde?

¿Qué hora será? ¿Será la hora de tu almuerzo en el casino? ¿De tu café de media tarde? ¿Será la hora en que siempre te llamo y tu nunca estás? Afuera esta oscureciendo. Debe ser la hora en que sales del trabajo, la hora en que te despides de quienes trabajan ahí. Debe ser, más o menos, la hora en que me despidieron ese día, ¿recuerdas? Cuando llegaste y me encontraste sobre ese sillón, perdido mirando el techo y preguntaste -¿qué te pasa?- tan fríamente que no quise responder. Y nunca más volviste a preguntar, a pesar que todos los días me encontraste igual. Tirado sobre el sillón mirando el cielo, esperando que volvieras a preguntar para contarte, para decirte lo que ya sabías, que estaba sin trabajo por una razón que yo no sabía. ¡Cómo hecho de menos aquel sillón y su suave tapiz verde!

Vuelvo a abrir los ojos. A lo lejos, el teléfono descolgado continúa sonando, en la oscuridad de la noche, en la neblina del recuerdo. Una ambulancia se acerca y se aleja por la calle, llevándose su aullido y sus colores reflejados en el techo. ¿Qué fue lo que me dijo esa vez? Ah! -usted no ha logrado las metas esperadas…no ha sido competente…en estos dos meses lo poco que ha logrado…- algo así me dijo. Las imágenes del nuevo jefe, un tipo de mediana edad, resuelto y entrador, cruzan una y otra vez por mi mente, mezcladas con recuerdos tuyos y de mi infancia. -Lo mejor para todos nosotros…la próxima semana…llévese sus pertenencias…seguridad lo registrará…usted sabe…- ¡Qué sabía yo!, nada. Ninguna palabra dije ese día ni durante esa semana, y la oficina la deje tal cual, sin llevarme nada. Sólo hecho de menos la cafetera que una secretaria me regaló. Afuera, algún perro de los vecinos ladra sin parar.

Tengo hambre. Nuevamente el sol esta saliendo, y recién me dio hambre. Si tuviera algo para comer pensaría en levantarme, pero el refrigerador lo tienes tu. Si lo hubieras dejado, estaría vacío, lleno de olores y recuerdos, nada de que alimentarse, asi que levantarse sería inútil también. Mi estómago está sonando, no aguanto el ardor. Lentamente y sin ánimo me siento en el suelo. Mi cabeza gira, desacostumbrada ya a esta posición. Siento la espalda, codos y rodillas adoloridos. Recuerdo aquella cama, en la cual, seguramente, tú estarás ahora. Aquella de la que alguna vez, poseía la mitad. Mi cabeza esta más estable y con algo de esfuerzo logro ponerme de pie. El vacío de la habitación se ve distinto desde acá arriba, más grande, más abandonado, más triste, más vacío. Mi mente vuelve a girar y a nublarse, las rodillas se doblan y para evitar caer al suelo, me apoyo en la muralla sin cuadros y cierro los ojos. El sonido de la calle se hace más fuerte, oigo a la gente conversar, sus pasos en el cemento, el rodar de las ruedas y los frenos mal ajustados. Una ciudad llena de sonidos mareadores, cubierta de luces y colores, un lugar lleno de vida. Abro los ojos y el ruido disminuye, como si la luz callara al sonido y lo hiciera menos importante. Apoyado en la muralla, camino hasta la cocina. Y en la puerta vuelvo a recordar. Las puertas de los muebles, abiertas hasta atrás, muestran su vacío interior. Te llevaste los vasos.

En mi cabeza nace tu voz, y resuena en los estantes vacíos y silenciosos. Me hacen oír tus palabras, primero diciéndome que me levantara, que hiciera algo bueno, y luego, que estas cansada de mi. Nunca un “te quiero”. Esa fue la primera vez que no llegaste a dormir en la noche.

Cierro las puertas suavemente y me acerco al lavaplatos. Giro la llave y dejo correr el agua libremente entre mis manos, tal como te dejé ir a ti. Porque si, ya sabía que te irías y me dejarías sólo. ¿Que cómo lo sabía? Porque la última semana ya no compraste nada para comer, y el refrigerador estaba vacío; además, hace tres días te llevaste tu shampoo, tu secador de pelo y la escobilla de dientes. En el vaso del baño encontré sólo mi vieja escobilla azul. ¿Te la habrás llevado también, o la dejaste ahí en el baño? El chorro de agua sigue saliendo. Junto un poco en la mano y acerco mi boca para beberla. Esta helada, como ese vino que bebimos el día en que llegaste a vivir conmigo, y en que traías tus muebles. Poco después me enteré que habías vendido tolos los míos, argumentando lo viejo que estaban. Ahora los hecho de menos, aunque más a ti y a tu sillón…y a tu refrigerador.
Reviso todo, esperando encontrar algo, pero nada. No dejaste nada para comer. La muy maldita, te llevaste hasta el pan duro!!

Es hora de salir, tratar de encontrar en que perder el tiempo, en que ocupar mi mente. Intentar ganar algo para poder comer. Tal vez podría visitar algunos de mis ex-amigos, esos que dejé por estar contigo. Tal vez ellos puedan ayudarme a comenzar de nuevo. Tal vez me conviden a comer algo.

Abro la puerta y salgo. Con las manos en los bolsillos, me alejo por el pasillo oscuro, cuando el sonido inconfundible llega hasta mis oídos. Espero que suene nuevamente, para descartar que provenga de otro de los departamentos…pero no. Es del mío. El teléfono esta sonando!!

Corro hacia la puerta registrando los bolsillos, pero nada, no aparece la maldita llave. ¿Dónde la dejé al salir?…¿Revisé que estuviera?…Si por aquí debía estar…mientras, el teléfono gritaba cada vez más fuerte desde el suelo de mi departamento. Y nada…no, aquí está, en el bolsillo de la camisa. La única llave que tengo, suelta sin llavero, plateada y llena de dientes. La pongo en la cerradura y trato de abrir. No gira. Juego un poco y finalmente lo logro. Sin cerrar la puerta, corro al teléfono que aún suena. Lo levanto y…tuuuuuuuu. Colgaron!!

Sentado en el suelo de mi departamento, vacío y sin vida, con la puerta abierta hasta atrás, respiro hondo, tomo mi cabeza entre las manos y quedo preguntando al teléfono ¿quién fue?

Nuevamente es de noche y estoy como hace setenta y dos horas, tendido junto al teléfono, mirando el techo, esperando que suene nuevamente, preguntándome quién llamó. ¿Fuiste tú? Debes haber sido tú, porque nadie más podría haber llamado. Todos tus conocidos saben que ya no vives conmigo, de lo cual, más de alguno, debe estar feliz. Y yo no tengo quien me llame. Tu llamado era el único que esperaba. ¡Tienes que haber sido tú! Asi que…¿qué pensaste cuando no contesté? ¿Qué había muerto? ¿Te sorprendiste porque había salido? ¿Te enojaste porque no quise contestar? En realidad, no importa. ¡¿Qué puede importar, ahora, lo que tú sientas?!, si en la última semana ni hablarme quisiste. Sólo te veía salir, muy arreglada con tu perfume encima todas las mañanas, sin despedirte, y volver tarde en la noche. Si es que volvías.

Tal vez pensaste que salí. Porque ya esta por amanecer y no has vuelto a llamar. Y yo, sentado aquí esperando, para poder hablarte y decirte cuanto te odio, cuanto he pensado en lo nuestro, en lo que pasó, cuanto…quiero decirte que no vuelvas a llamar, que no quiero verte…que tengo hambre y hecho de menos el refrigerador. Si, si sé que es el que tu llenabas, si sé que eras tú la que lavaba los platos, hacías la cama, arreglaba la ropa. Por eso, los últimos días no use tu cama ni el baño, no me cambié de ropa, y sin comida, no pude ensuciar platos. Pero a pesar de eso, igual te fuiste.

Debería haber salido. Haber dejado que volvieras a llamar, haber dejado que el teléfono sonara, sonara y sonara. Dejarte plantada, tal como tu lo hiciste varias veces…como aquella vez en el cine, cuando no llegaste y yo te esperé sin entrar. Esa noche me dijiste que se te había olvidado, que pensaste que era al día siguiente, que habías estado en el departamento esperándome. ¡¡Esperándome!! Ni comida tenías preparada. ¡¡Esperándome!! El televisor estaba frío, y la cama sin desarmar. . ¡¡Esperándome!! ¡¿Parada como una estatua por más de dos horas?!

Finalmente salió el sol, y tu llamada nunca. Esta vez me quedé dormido sentado, apoyado contra la pared. Me duele el cuello y la espalda. Lo mejor habría sido acostarme en el suelo, pero no recuerdo el momento en que me dormí. Me levanto, reviso que la llave este en el bolsillo. No…¿dónde la puse?…miro el suelo…nada. La puerta…abierta hasta atrás, y la llave en la cerradura. Ja! ¿Qué se hubieran robado, si no hay nada? Saco la llave de su lugar, la guardo en el bolsillo y cierro la puerta. El pasillo esta oscuro. Es un angosto, frío y oscuro pasillo, con varias puertas a cada lado, y en el centro, la reja de un pequeño ascensor, frente al cual se abre otro pasillo igual, perpendicular al primero. Presiono el botón y este se enciende, dejando ver lo que alguna vez fue una flecha hacia abajo. Ahora esta toda borrosa. Hasta el momento el teléfono no ha vuelto a sonar.

Cierro la reja que sirve de puerta al ascensor y presiono el botón al primer piso. Unos sonidos de máquinas se oyen sobre mi cabeza y siento como el ascensor comienza a bajar, lentamente. A través de la reja veo como pasan los pisos, todos iguales, con sus baldosas cuadriculadas, blancas y negras, con las ampolletas quemadas y algunos carteles pegados en las murallas por la junta de vigilancia. ¿Fuiste tú alguna vez a una de esas reuniones? La pregunta me queda dando vuelta en la cabeza junto al golpe del ascensor al frenar. El primer piso es algo más iluminado que el resto, y el suelo, también de baldosas negras y blancas revela un mayor uso. A la derecha, un mesón con el guardia detrás, y al frente, la salida, una amplia puerta de vidrio con marco metálico. Alguna vez fue dorado.

Cruzo delante del mesón sin levantar la cabeza. El guardia me mira tratando de buscar mis ojos para establecer contacto visual y saludarme, pero no le doy oportunidad. Abro de prisa la puerta y salgo al aire. La luz del sol me da en los ojos, cegándome unos instantes. Mientras trato de recuperar la visión, cierro los ojos y respiro hondo, tratando de llenar mis pulmones de aire fresco. Una, dos…hondo…limpiando el alma, la mente…tres, cuatro…todo más claro.

Estas semanas no han sido las mejores. Camino todo el día sin sentido, dejando que mis pies me lleven donde quieran. Varias veces he sentido tu perfume y lo he seguido, pero termino invariablemente detrás de alguien que no eres tú. Nadie puede ser tú, pero te llevan como si lo fueran. Me doy cuenta de cuan importante son los olores en nuestra vida, y maldigo el día en que nací con la capacidad de oler. Así, jamás me acordaría de ti.
Mis pies me llevan detrás de todo lo que me recuerde a ti. A veces termino en alguna plaza donde estuvimos sentados una vez, o me paseo alrededor del paradero de micro en que nos refugiamos de la lluvia una tarde. Si tú estuvieras ahí. Si mis pies supieran donde estás ahora, probablemente llegarían hasta ti sin yo quererlo.

Ahora estoy sentado en los escalones de la estación del metro en que te bajas para ir a tu oficina. El suelo, aún caliente por el sol, está lleno de colillas de cigarrillos y manchas. Allá abajo, al pie de la escala hay una señora pidiendo limosna, molestando con su murmullo repetitivo a los transeúntes. De vez en cuando, se escucha el sonar de las monedas que caen en su tarro.

Debe ser la hora en que sales, pero a pesar que busco entre la gente, no te encuentro. Tú, a pesar de usar ese abrigo negro que te regalé, nunca pasabas desapercibida entre la gente. Tú eras la que yo siempre pillaba entre la muchedumbre, aún cuando tratabas de darme alguna sorpresa, escondiéndote. ¿Recuerdas aquella vez que mirando por la ventana de mi oficina te vi salir de mi edificio? Ibas hermosa. Varios días después aún no me contabas que habías estado haciendo ahí, si no me fuiste a ver a mi. Miro de reojo a quienes bajan por la escala, sigo sus pasos, las huellas de sus zapatos, el chicle o las colillas pegadas en las suelas, las manchas en los pantalones, los puntos de las pantymedias corridos. Ninguna de esas eras tú. Tú jamás tenías un punto corrido, ni un chicle pegado en la suela.

La señora del tarro ya se va, cuando todo esta oscuro y el flujo de gente ya es casi nulo. Decido que es la hora para preguntar por ti en tu oficina, cuando probablemente ya no estás. Así no temo encontrarme contigo y que no me hables ni me mires. Lo que menos quiero es que sientas lástima de mi, si nunca la sentiste antes de irte.

Bueno, la vida sigue. Tú ya no trabajas donde antes. Eso me lo ha confirmado la recepcionista, esa chica nueva que tienen en la puerta de tu empresa. Me pregunta que si tu reemplazo me puede atender, y le contesto que no. ¿Quién puede reemplazarte? Debo dejar de moverme alrededor de ideas sobre ti. Le pregunto si sabe donde puedes estar, pero me contesta que no, que no te conoce, y que si supiera, de todas maneras no está facultada para entregar esa información. Me queda mirando con aire de consulta. Definitivamente, la recepcionista ha sido bien entrenada en su papel. Me alejo tal como llegué, con el vacío.

El departamento sigue igual cuando abro la puerta y entro. Dejo la llave en uno de los bolsillo de mi chaqueta, me la saco sin gran apuro, y la dejo en el suelo, donde antes estaba la mesa de la entrada, ahí donde dejábamos las cartas y las monedas para el cartero. Ahí donde estaba la libreta de teléfonos, que te llevaste, junto al teléfono que dejaste, quién sabe para qué.

En la cocina, tomo lo que queda del pan que compré hace unos días y me lo como con un vaso con agua. Sí, ahora tengo vasos y pude comprar pan. Puedes agradecerle al vecino del frente, que me los regaló cuando supo que te fuiste con todo lo del departamento. Además, me pagó la ayuda que le presté en ordenar unos libros que quería guardar y me prestó una silla, que es en la que ahora me siento. Suena y se mueve un poco bajo mi peso, pero resiste sin desarmarse. Poco a poco he ido rehaciendo mi vida, como ves.

Hace una semana conseguí trabajo repartiendo unos panfletos de papel roneo. Son de un restaurante de media o baja categoría que existe en el centro. No está mal, ya que me dan almuerzo y a veces comida, y el sueldo alcanza para pagar algunas deudas. Pensar que el teléfono sigue en el suelo sin usarse desde esa vez, y tengo que pagar el cargo fijo aún sin usarlo. Debería cortar el servicio. Con el trabajo al menos pierdo el tiempo y no pienso en ti, en nuestras primeras comidas, en la veces que llegabas sin querer comer, sólo a dormir. Sin el teléfono, puedo estar seguro que nunca más te oiré. Tal vez sea bueno que ahorre un poco.

Hoy te vi y lo supe. Por primera vez desde aquel día. Te entregué uno de los folletos, pero tú ni me viste. Conversabas animadamente tomada de su brazo. Por tu cara, supe que ya vivías con él, tal como un día viviste conmigo en nuestro departamento. Hoy recordé que ya casi no recuerdo tus besos, la piel de tus caricias, el olor de tu pelo, tu forma de mirarme, de hablarme.

Te vi venir más allá de una cuadra, directo hacia mi. Yo no intenté girarme ni esconderme para que no me vieras. Yo no tengo nada de qué arrepentirme, excepto de dejar que te fueras así no más, pero de todas maneras, no me interesa que te acuerdes de mi. ¿Te acuerdas alguna vez de mi?

Te acercaste de su brazo, conversando y riendo. Un par de besos, creo, ya no recuerdo, y estaban junto a mi. Tú seguías conversándole mientras él sólo te oía. Tu tomaste el papel sin verme y continuaste caminando. Pensé que me habías visto, pero por tu cara observé que no. Él me dirigió la mirada, y no me reconoció. Yo sí. Era mi ex jefe, ese que llegó poco antes que me fuera, el que me dijo que yo no era competente. ¿Cuánto antes fue que lo conociste? Meses, años.

Sí, me fijé en tus cambios. El pelo te lo aclaraste, probablemente porque a él le gustaba rubio, recuerdo que una vez me lo dijo. Lo cortaste un poco también. Yo amaba tu tono de pelo, pero ahora eso no importa. Sólo importan los panfletos de papel roneo, la gente en la calle y el restaurante que me espera para comer algo.

Aún no sé por qué, pero cuando entre al departamento, todo esta cambiado. Respiro un aire más claro, como si alguien hubiera ventilado. Miro el teléfono, la silla y el vaso en el suelo. Siguen donde mismo. Dejo la chaqueta donde siempre y me acuerdo por qué siento eso. Hoy te vi. Con otro, pero te vi.

Hace algunos meses que ya no me acuerdo de ti ni de tu perfume ni de tu pelo ahora rubio. ¿Qué pasaría si supieras que conseguí la dirección de tu nuevo trabajo hace ya un mes y aún no me doy una vuelta por allá? ¿Y si supieras que mi viejo empleo aún esta vacante porque no encuentran nadie más adecuado para él que yo? Pero eso lo debes saber.

Hace un par de semanas que dejé el suelo. Ahora tengo una cama nueva, que a pesar de ser mejor que la que te llevaste, aún le falta algo. Debe ser las almohadas de tu lado, o tal vez el cubrecama que no he querido comprar. Tal vez sea Tambor, ese conejo de peluche que una vez te regalé para un aniversario y que teníamos en medio de la cama. Como sea, ahora tengo cama, un escritorio y algunas cosas en la cocina, aunque pagadas en cuotas, es cierto.

Es que el trabajo va bien. Y todo gracias a los panfletos esos que repartí del restaurante en el centro. Una tarde, entre toda la gente que le entregue el papel dichoso, un antiguo amigo me reconoció. Me consultó por ti, por mi antiguo trabajo, por mi vida. Me recordó que fuiste tú la que nos separaste cuando entraste en mi vida, pero que seguíamos siendo amigos. Le conté parte de la verdad, que había perdido mi trabajo y que tú te habías ido. Me dijo que lo llamara, que podía ayudarme. No había suspendido el servicio del teléfono aún.

No me costó nada entrar al nuevo trabajo. Era más o menos lo que ya estaba haciendo a la perfección antes, antes de perder mi trabajo y de perderte a ti. A pesar de todo el tiempo que ha pasado, aún no logro adivinar si perdí mi trabajo por culpa tuya o si te perdí a ti por culpa de no tener trabajo. Ahora ya no pienso en ti, estoy todo el día en reuniones, sentado en mi escritorio o conversando un café mientras desarrollamos ideas y proyectos nuevos. Hay un par de compañeras que podrían hacerte la competencia, pero creo que eso a ti no te importa.

¿Aquél día que te vi en la calle…estabas cerca de tu trabajo nuevo o cerca de tu nueva casa? Sabes, no me interesa. Hoy voy a salir a comer….y esta vez, pago yo la cuenta. Quién sabe, tal vez mañana ya no sepa ni como te llamabas.

Ya amaneció. Estuve toda la noche mirando el cielo por la ventana, las luces de colores y oyendo la calle. Junto a mi, duerme tranquila la que me había hecho olvidar tiempos pasados. Oigo su respiración regular, suave como una brisa. Su piel exuda un aroma indescriptible que me tiene algo emborrachado. Pero aún así, el pasado vuelve una y otra vez.

Hoy te vi. Te veías bien, con tu nuevo pelo moreno. Noté tus ojeras, bien ocultas para otros ojos bajo el maquillaje. Te sentí algo nerviosa, cansada. Tal vez algo más vieja. Aunque reías de vez en cuando, supe que era tu risa actuada, esa que no te viene. A ellos no los reconocí. No estaba mi ex jefe, el tipo ese con que andabas la primera vez que te vi mientras entregaba los papeles en la calle. No supe si seguías con él.

Sería muy estúpido de mi parte si tratara de hablarte en este momento, pero aunque ando acompañado, tengo mucho interés en decirte algunas palabras. ¿Que ya no te extraño? ¿Que aún lo hago? ¿Que gracias a ti estoy donde estoy? ¿Que ya no te debo nada ni tú a mi? ¿Cómo estás? Yo bien. ¿Conversamos? ¿En qué andas? Te vi con él ¿Que qué pasa con ella? Una amiga. ¿Recuerdas cuando tú y yo…? Bueno, ahora estoy bien. Me tengo que ir, mira que… Sí, hablamos, no te preocupes. No tienes mi teléfono nuevo ¿Cómo me vas a llamar? Mejor no le digo nada y sigo aquí.

Te veo de lejos y noto que ya me has visto y que te acercas lentamente en zigzag, conversando con unos y con otros, cada vez más cerca. El aire se siente raro, como escaso. Me sudan las manos y mi corazón late algo más fuerte. Me acerco a mi acompañante y le hablo al oído. Espero que no oiga mis latidos. Tu aproximación se detiene un momento, pero se reactiva al alejarme de mi acompañante. Mi acompañante se acerca a mi ahora. Vuelves a detenerte. Me habla unos segundos, toma mi brazo y me lleva hacia una puerta. Veo que tú te alejas, giras y quedas conversando con alguien que no conozco. Primer encuentro y sigo en pie. Mis manos aún sudan.

Quieres hablar conmigo. ¿Para qué, si ya me lo dijiste todo sin decirme nada? ¿Qué quieres hablar conmigo? Sobre mi trabajo, si soy competente o no, cuanto gano, o sobre mi vida, cuanto llevo con ella, si va para largo, o cuanto te he extrañado. Tal vez quieras devolverme algunas cosas que te llevaste del departamento. Tal vez sólo quieras decir “Hola”, o “Te extraño”. O tal vez…tal vez yo no debería hablar contigo. Tal vez no debería ni pensar en ti.

Son las 6:18 de la mañana. La luz verde del reloj despertador me da directo en la cara desde hace un rato, cuando me giré hacia el lado. Aún queda mucho para que suene y se encienda la radio, pero ya no tengo sueño y no saco nada con intentar dormir un poco más. Decido levantarme, pongo un pie fuera de la cama y siento como está la mañana. Hace frío pero soportable. El invierno ya está empezando. Hecho hacia atrás parte de la ropa de cama, me siento apoyando los pies en el suelo y quedo ahí unos instantes, mientras masajeo mi cara, mis ojos y bostezo. Me levanto y sin encender la luz, camino entre a tientas y de memoria hacia la puerta del baño. Los había olvidado, y me tropiezo con los zapatos que dejé botados anoche, pero sin emitir sonido, los pateo hacia un lado. Sigo hasta el baño, cierro la puerta y enciendo la luz.

Mi cara, claramente no es la mejor de todas. He tenido mejores días. Las ojeras, que hasta hace un tiempo había logrado hacer desaparecer, hace exactamente dos días, han reaparecido. Tal como tú, tu pelo, tu silueta, tu perfume, tu sonrisa, algo más desgastada sí por el tiempo, pero en definitiva tú. No fue lo que esperaba, ni siquiera un encuentro fortuito. Simplemente, a las 12:48 de la mañana, apareciste por mi oficina como una sombra, y sin saludar a mi secretaria, que no te conocía, llegaste y entraste a mi despacho. Creo que estaba solo, ya no lo recuerdo. Sólo te acercaste, ni lenta ni rápidamente, sonreíste y me dijiste “Hola”, tan natural como si fueras mi compañera de trabajo, mi vecina o alguien a quien veo todos los días. Estoy casi seguro que yo respondí con uno similar, algo más frío y sorprendido.

¿Por qué estabas ahí? ¿Quién te dijo dónde trabajaba? Tanto tiempo sin vernos, sin conversar y ahí estabas tú, como el primer día, coqueta, pícara, haciendo que el aire fuera escaso, que las paredes se apretaran y que el corazón saltara un poco. Te veo bien, ya no tienes tus ojeras esas de la otra vez. Sí, sí, estoy sorprendido de verte por estos lados. Ha estado bueno el clima estos días, eh? ¿Que quieres hablar conmigo? Por supuesto…acá estoy…como siempre, esperando desde hace tiempo. Me ha ido bien, como vez. Buen trabajo, buen sueldo…incluso trabajo menos tiempo y gano más que antes. Sí, fue bueno haber dejado aquel trabajo de locos. Seguro quieres hablar de nosotros. ¿Pero cual nosotros? Ese ya no existe, desde aquel día…cuando fue….cuando me dejaste…¿Lo recuerdas tú? Yo no…No recuerdo el peso de mi cuerpo contra el parquet del suelo, el teléfono en un rincón, las cuentas amontonadas sin pagar, el hambre que sentía, el sol en la cara. No recuerdo por qué me dejaste…

Tanto tenía que decir, mucho pasó por mi mente, pero no dije nada. Te acercaste, pusiste tu suave mano sobre mi hombro, y llevaste tus labios hasta mi oreja. Me pareció entender “Quiero volver contigo”. Tomar la decisión me costó como mucho cinco segundos, pero no te lo dije. Sólo atiné a sentarme, o creo que ya estaba sentado, tomé el auricular del teléfono, y solicite que Seguridad te retirara de mi vista.
Esa noche fue la primera que no pude dormir.

6:55. El despertador debe haber sonado mientras me duchaba. Ella, estirada sobre la coma, cruzada hacia mi lado, debe haberlo apagado para seguir durmiendo. Siempre se levanta un poco después que yo, como a las 7:30. Bastante después que yo en realidad, pero no me quejo. Tampoco me quejo que desde anoche su respiración me esta molestando, su suavidad me parece no tan suave, y ni hablar de su perfume, que ya estoy detestando. Ella nunca me ha dejado, sé que no sería capaz de engañarme, y creo que esta enamorada de mí. Yo…no lo sé. Tal vez no la merezco, tal vez algo haya hecho mal en alguna vida, que debo recaer siempre con las mismas piedras. Hasta hace unas horas, yo no pensaba en ti, y me sentía enamorado de ella. Ahora, no lo sé. Objetivamente, podríamos decir que ella es mejor que tú, una belleza exterior e interior mayores, además de ser algo más joven. A ti ya te están pesando los años.

Pero la falta de aire que siento, debe ser algo. Contigo me sentía ahogado, aún es así, pero con ella no, nunca lo fue. Tal vez esto es sólo costumbre, costumbre y un poco de pensamiento adecuado. Como pensar todo lo que me hiciste, todo lo que perdí gracias a ti, todo lo que abandoné por ti…por una idea que tenía de ti y que aún no olvido.

Seguridad llegó, y tú seguías ahí, parada frente a mi con cara entre sorprendida y enojada. Jamás pensaste mi reacción a tal encuentro y palabras. Solo me di el placer de hacerte sentir lo que yo podría haber sentido alguna vez. Mientras salías escoltada por el par de guardias, mirando hacia atrás, intentando hacer contacto visual conmigo, yo evité tu mirada. De reojo te vi intentar llamarme, pero no quise caer nuevamente a esos ojos, a esas pestañas, a esos labios. No quise caer en tu juego, aunque ahora dudo de que alguna vez salí de él.

Apenas cruzaste el umbral de la puerta, cierta sensación extraña se apoderó de mi. El vacío que no había sentido en mucho tiempo, volvió a atacar, la falta de aire, el ahogo y las ganas de salir corriendo a detener a los guardias, pero esta vez fue mucho más rápido, más sentido y por ello, más doloroso. Volví a levantar el auricular para avisar a Seguridad que se detuvieran, que no te sacaran aún del edificio…pero, luego de pensarlo, colgué. No te dejé ir, hice que alguien te sacara.

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2 Responses to Desde el Suelo

  1. German on February 9, 2006 at 15:05

    La creación narrativa es un proceso lento a veces, que requiere dejar madurar lo escrito, para después pulirlo y mejorarlo. Es como un vino.
    Este cuento ha tardado varios años.
    El final que presento es un final en cierto modo adecuado, una salvación para el protagonista que él no logra encontrar, pero que hace que otros lo cumplan por él. A pesar de no salvarse completamente, ya que no tendrá a la amada a su lado, por lo menos ya no estará dependiendo de ella, su vida no dará vueltas alrededor de ella. Es un final raro, bien y mal al mismo tiempo.

  2. [...] que escribo creo que parten a veces de una oración que me da vueltas en la cabeza. Por ejemplo, “Desde el suelo”, empieza con un par de versos de una canción. Ese fue el impulso inicial, al cual fui agregando un [...]

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IMPORTANTE! Para poder seguir, necesitas resolver esta simple suma (y así podremos saber que eres un humano) :-)

Cuanto es 11 + 7 ?
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