Indefinido

febrero 9, 2006
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Esta entrada es parte 1 de 2 en la serie Indefinido

NOTA: cuento no apto para menores de edad ni gente sensible. Algunas escenas pueden contener violencia o descripciones excesivas.
Los pasos resonaban en el suelo, secos, presurosos. El movimiento de las ropas, la respiración jadeante. El pasillo, un oscuro túnel marcado por pequeñas lucecillas amarillas de tanto en tanto en el suelo, y alguna que otra roja, revelaba cada cierto trecho un puerta blanca, cerrada. A lo lejos, se abría una gran luminosidad, donde descansaban algunos equipos, monitores, carpetas y papeles.
Frente a la estación, en la pared, un reloj marcaba las 3:19 de la mañana.
-Señorita…- corto el silencio de la noche la voz de la Auxiliar- el paciente de la 3…está en Paro…-
La Enfermera, algo lenta ya a esas horas de la noche, demoró un par de segundos en comprender la situación y responder. Corrió hacia un botón rojo junto a un carro de paro cargado con un equipo desfibrilador y junto con presionarlo, comenzó a correr con el equipo de reanimación hacia la habitación del paciente.
Sobre el velador, tres pequeños frascos y ampollas vacías daban la impresión de conversar entre ellos y la jeringa que los separaba. Tres envases distintos que decían una sola palabra, clara sólo para quienes entendían su lenguaje.
El médico, sudoroso, entre cansado y desorientado, no entendía nada. Los últimos 30 minutos había estado tratando de reanimar inútilmente al paciente, el cual debió ser declarado muerto cerca de las 4 de la mañana. Los siguientes 15 minutos fueron ocupados en entender como ocurrió todo, y qué hacían aquellos envases sobre el mueble del paciente.
-Esta usted segura?-preguntó a la enfermera, tratando de oír algo nuevo, algo que fuera distinto a lo que había escuchado segundos atrás, algo que no quería que fuese cierto.
-Sí, Doctor. Esos envases estaban ahí cuando llegué a reanimar al paciente.
-Seguro que no los usamos mientras reanimamos? Que nos hubiéramos equivocado de ampollas?
-No, Doctor. La Paramédico cree recordar que estaban ahí incluso al encontrar al paciente en paro.
-Mmm…raro…La ampolla de Insulina, el Cloruro de Potasio y la de Vecuronio estaban completamente vacías.
-Búsqueme los números de serie…hay que saber de donde salieron estas ampollas.
El Médico estaba nervioso. Qué diría la Dirección cuando se enteraran que un paciente había muerto de una inyección letal de tres drogas.
Asesinato. Simple y claro.

El hecho pasó a mayores.
Esa misma noche aparecieron toda clase de investigadores por la clínica. Tomaron medidas, consultaron con el personal que estaba de turno y el que había salido lo entrevistaron al día siguiente.
A pesar de todos los esfuerzos de la Dirección, no fue posible mantener oculto el hecho a los periodistas, y una pequeña nota policial apareció en uno de los periódicos de mayor circulación en el país.
-Al menos fue una pequeña nota, casi ni se veía- comentó al almuerzo el día siguiente el subdirector médico.
-Ni una debería haber salido. – grito el Director, atorado con un trozo de pan – Ahora, los pacientes no aparecerán por estos lados, tendremos que aumentar el gasto en marketing y echar mano de convenios baratos para atenderse….No, esto no fue bueno.
El Director, un médico arrepentido de la medicina, más parecía un Ingeniero Comercial. Sólo parecía vestido de delantal blanco para los eventos importantes, siempre listo para la foto, mientras el resto del tiempo se lo pasaba discutiendo con el Subdirector Administrativo las mil y una maneras de aumentar los ingresos y ganancias de la Clínica.
Alto y ancho, de frente cuadrada y nariz recta, aún vital para sus casi 60 años, que se notaban en su pelo cada día más canoso, el Director era un hombre imperturbable. El día anterior habían asesinado a un paciente en su Clínica, y él estaba preocupado del marketing negativo que esto traería para ella. Si hubiera sido su padre, no hubiera estado más apenado.
Dos semanas después, aún no se llegaba a ninguna conclusión. Las ampollas pertenecían al stock adquirido por la Clínica, pero era imposible saber a cual de todos los servicios pertenecía. Ninguno tenía un control tan estricto de dichos medicamentos y no habían echado de menos alguna ampolla.
Por extraño que pareciera, el informe de la autopsia no reveló dichas drogas en el paciente. El diagnóstico de la muerte resaltaba en el recuadro, mostrando algo que nadie había sospechado hasta ese momento: “Embolía Aérea masiva”.
Definitivamente, si dentro del personal y los médicos de la clínica no lograban entender el cuadro completo, la policía estaba más perdida aún.
Después de una extensa reunión en la cual se les explicó que significaba y cómo podía producir la muerte simplemente un poco de aire, la última pregunta que uno de los investigadores en jefe hizo fue si todo podría haber sido simplemente un accidente.
-Sí, – respondió el Director del Real, con su tono más calmado – y es lo más probable que haya ocurrido. Una de las auxiliares olvidó cambiar el suero y se le administró al paciente una cantidad de aire por la vía venosa que le causó la muerte.
A la semana, el turno que estaba esa noche trabajando, había sido despedido y cambiado por uno nuevo, y la investigación fue cerrada bajo el título de “Accidente”. Si mal no recuerdo, se le hicieron cargos de homicidio involuntario a la enfermera y paramédico encargados de esa ala de la clínica, pero fueron liberadas.
Eso fue hasta un año después.

-Así que usted acaba de entrar a trabajar aquí, a la Clínica?- me preguntó el inspector, asegurando algo que ya sabía de antemano.
-Si, llevo poco más de 7 días.
Un interrogatorio que partía mal, en la mañana, luego de un turno en que la muerte inesperada de un paciente no es lo habitual, no era mi panorama preferido para un Martes, en que, si todo hubiera salido bien, estaría ya acostado durmiendo en mi cama.
-Ah…y…usted fue quien encontró al paciente?
Sabía perfectamente que quien había encontrado al paciente no había sido yo, sino la paramédico de Anestesia que había entrado a Pabellón a prepararlo para el trabajo de esa mañana.
-No, no fui yo. Fue la Anita…es decir, la paramédico de anestesia que estaba de turno. Ella entró a eso de las 6 de la mañana a preparar el pabellón, la bandeja de anestesia y el resto de equipos para la primera cirugía de hoy, y lo encontró.
-Usted sabe qué fue lo que ella hizo cuando se encontró con el fallecido?
-Sí, me llamó inmediatamente. Mientras yo corría hacía acá, intentó despertarlo, colocó el monitor de signos vitales y trató de ventilarlo.
-No tuvo éxito parece?
-Qué cree usted? No estaríamos aquí si el paciente hubiera reaccionado, yo estaría durmiendo en mi casa, y usted…quién sabe que estaría haciendo.
-No sea gracioso…y…
-¿Por qué no mejor vamos directo al grano?- lo interrumpí, ya algo molesto.
-Bueno…cuente…qué fue lo que pasó?

La puerta de la habitación no estaba cerrada con llave. Antes de abrirla, giró sobre sus talones y miró a ambos lados en el pasillo. No se veía nadie. Intentó oír pasos en las cercanías. Nada.
-Muy bien, pensó para sí.
Lentamente, giró la manilla y abrió la puerta. Un débil haz de luz comenzó a aparecer, iluminando peligrosamente el pasillo. Para evitarlo, entró lo más rápido posible a la habitación, sin emitir el menor ruido, y cerro la puerta. Ya estaba adentro.
Miró la pequeña habitación. Junto a la pared, la cama, a un costado un pequeño velador, y a los pies de la cama, la puerta del baño, cerrada. Sobre el velador, un teléfono. Lentamente, lo desconectó. No deseaba interrupciones inoportunas.
Introdujo la mano en el bolsillo del delantal blanco que traía puesto, de donde sacó un pequeño apósito y una botella. La destapo y virtió un poco del líquido transparente sobre el apósito, volvió a taparla y la guardo.
Sobre la cama, la mujer estaba dormida. Vestida con ropa de circulación azul, los zapatos en el suelo, y una brazo colgando del borde de la cama, respiraba tranquila, ajena a los pequeños roces y ruidos de aquella persona junto a la cama.
Se acercó aún más, puso la mano con el apósito a escasos centímetros de la nariz de la mujer, y esperó. Algunos segundos, sólo se oía su respiración y la de ella. Más segundos, su corazón estaba empezando a latir más rápido. Un minuto, cerró los ojos y trató de tranquilizarse. Otro minuto, la respiración de la mujer se hizo algo más profunda, movió lentamente el brazo, pero siguió dormida.
Se felicitó por haber puesto el somnífero en el café hacía unas horas. Gracias él, podía trabajar tranquilamente. Aún así, debía apurarse.
Tres, cuatro, cinco minutos. Ya debía haber hecho efecto. Para asegurarse, abrió con suavidad uno de los párpado. La mujer no se movió. Estaba profundamente anestesiada.
Volvió a sacar algunos objetos del delantal: una bolsa plástica, una jeringa, ya cargada, y un espéculo, un instrumento muy utilizado por los Ginecólogos, y que toda mujer conocerá de cerca en algún momento de su vida. Demostrando una gran pericia y rapidez, bajó los pantalones y la ropa interior de la mujer. Sentado en el suelo esta vez, volvió a esperar.

Tomó el teléfono algo cansado. Las últimas horas habían sido un infierno, partiendo ayer a las 5:30 de la mañana cuando recibió la llamada, informándole lo sucedido. Desde ese momento, había dormido algunas horas, repartidas en pequeñas siestas de no más de 15 a 20 minutos.
-¿Inspector?
-Sí- respondió somnoliento.
-Lamento molestarlo a estas horas, pero…encontramos otro cadáver. En el Hospital.
-…
-Una enfermera.
-Voy para allá.
A las 6 de la mañana ya estaba bañado y en el hospital, recolectando información sobre el caso, toda la cual no explicaba ni hacía sospechar nada raro. La víctima, una enfermera que trabajaba hacia 6 años en la sala de Emergencias, había aparecido muerta en la residencia, vestida y sin ningún signo de violencia. A simple vista, como la investigación inicial determinó, parecía una muerte de causas naturales, aunque no muy precisas. Debían esperar el informe anatomopatológico y las pruebas toxicológicas. Y eso era lo que estaba consiguiendo a través del teléfono. Quería ser el primero en saber.
-¿Aló?
-Buenas tardes. Habla el inspector Torres. Necesito comunicarme con el Dr. Vielma, sobre una autopsia.- No quiso entrar en mayores detalles de qué informe se trataba, pero de todas maneras suponía que su interlocutor ya debía estar enterado. La noticia había tardado menos de 30 minutos en conocerse en todo el hospital la noche previa.
-Ehh…sí, le comunico.
Se oyeron algunos pasos y una conversación que no pudo distinguir. Luego, gruesos pasos en dirección al teléfono, y después una voz grave que fácilmente le recordó al Dr. Vielma, el anatomopatólogo.
-Dr. Vielma
-Sí, inspector Torres, estaba por llamarlo yo.
-Estamos muy esperanzados en su informe. Queremos saber cuanto antes el resultado, para poder cerrar el caso y no mezclarlo con los otros. Lamentablemente una nueva muerte, aunque natural, no es muy buena propaganda, menos luego del homicidio de hace unos meses.
-Sí, pienso igual. Pero temo que su esperanza hasta aquí no más va a llegar.
-¿Por qué? ¿Encontró algo?
-Bueno, déjeme explicarle todo con algo de detalle. Ayer, durante el día realicé la autopsia de la enfermera y no encontré nada. Ninguna causa orgánica que pudiera explicar la muerte. Simplemente parecía que su corazón se hubiese detenido sin razón. Por lo que esperé el informe toxicológico antes de telefonearle.
-Y, ¿llegó?
-Sí, y encontramos algunas…sustancias…fuera de los común.
-¿Cómo es eso?
-En palabras simples, inspector Torres, la enfermera Quiñonez tenía en la sangre niveles terapéuticos de una droga llamada Pancuronio, un relajante muscular muy poderoso utilizado en anestesiología, más algunos restos muy bajos de metabolitos del Midazolam, un sedante o hipnótico también utilizado en anestesia. Además, presentaba grandes niveles de Adrenalina, casi sin metabolizar.
-¿O sea?- Las palabras simples del Dr. Vielma seguían siendo una explicación difícil de digerir y entender para el cerebro simple del inspector Torres.
-Mi teoría es que la enfermera fue sedada previamente con Midazolam, y luego, al ceder el efecto y estando despierta, relajada con el Pancuronio. Esto hizo que tuviera una gran descarga de adrenalina mientras moría.
-Entonces, alguien la mató.- sentenció el inspector.
-Espere un momento. No he dicho eso…aún. Quiñonez murió asfixiada. Al estar relajada, no pudo respirar, hasta que su cerebro y corazón dejaron de funcionar.
-Pero, ¿la autopsia reveló algo, por donde o quién le colocó esas drogas?
-La primera autopsia de ayer no, pero con este informe toxicológico, hoy me dediqué a una segunda, más detallada, en busca del sitio de administración. Claramente la enfermera podría haberse suicidado, colocándose ella misma las drogas. Eso se ve a diario, pero habríamos encontrado los frascos y las jeringas en la residencia. Además, los suicidas normalmente se drogan con sedantes fuertes, cosa de morir durmiendo, y en este caso, ella murió estando totalmente despierta.
-¿Y la nueva autopsia?
-Busqué sitios de punción habituales y no tan habituales, como debajo de la lengua o inguinal. Pero después de mucho, logré dar con una punción y pequeño hematoma rectal.
-…
-Las drogas se colocaron a través del ano, pinchando la irrigada mucosa de la última porción del intestino, el recto. Encontramos algunos restos de Pancuronio en dicha área. Y sí, definitivamente, esto no pudo ser un suicidio, sino que hubo acción de algún tercero.
Se hizo un tenso silencio entre ambos. Sólo el ruido ambiental mantenía la idea de que la llamada telefónica no había terminado.
El inspector suspiró y luego siguió. No tenía nada mas que consultar.
-Bien Doctor. Gracias por su ayuda, y recuerde hacerme llegar el informe cuando pueda.
-Sí, mañana lo tendrá.

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One Response to Indefinido

  1. [...] muy fácilmente a los cuentos policiales, crímenes y asesinatos. Claros ejemplos de ellos son “Indefinido”, “Crack!!!” y “Rojas lágrimas de oscuridad”, sólo por nombras cuentos [...]

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