Crack!!!
Un antiguo cuento de ciencia ficción y algo de terror. Como todo lo últimamente posteado, es de hace más de una década. Esa avenida ya no existe igual.
La noche estaba como siempre, bella, oscura, fría. Las estrellas no se veían, no por el smog santiaguino, que en verano es menor, sino por ser apagadas por la iluminación de los postes de la calle. La luna, que estaba llena, se veía roja, café, por el smog.
Las luces del auto iluminaban el pavimento, lleno de hoyos y desniveles, que pasaba bajo las ruedas a cientotreinta kilómetros por hora. A esa velocidad, las luces no cumplían gran función, ya que cualquier bache que apareciera de improviso era imposible hacerle el quite. De todas maneras no las requería. Tenía buena memoria, y el pasar cientos de veces por el mismo camino había hecho que se supiera todos los obstáculos y cómo evitarlos.
Pocos eran los autos que andaban a esa hora. Un par de luces rojas se veían más adelante, a lo lejos, y cuatro blancas se acercaban rápidamente. Atrás quedó la luz amarilla de San Francisco de Asis, el camino a La Dehesa.
Su brazo izquierdo sobre el volante iba rígido y extendido. Desde el accidente, en que lo habían reconstruido, ese brazo se ponía así de vez en cuando. No había ido donde el técnico, porque le gustaba como estaba, tenía mayor control sobre el volante para ocaciones como esa, y si se lo cambiaban, ya no sería el mismo. Sería él, pero sin ese brazo no podría correr. Y sin correr, él no era nada, sólo trozos de metales y carne y hueso.
La luz roja de San Damián estaba adelante. El pie en el acelerador no respondía. Continuaba pisándolo a fondo, moviendo al auto a cientocincuenta kilómetros por hora.
No se asustó. La luz roja quedó atrás, sin que nadie se diera cuenta.
Suerte que nadie cruzó, penzó en su cerebro natural.
Debo arreglar esta pierna derecha, pensó el cerebro artificial. No responde en los últimos días.
Las dos luces rojas pasaron junto a él frente al Estadio Municipal, convirtiéndose en dos luces blancas en el espejo retrovisor.
Tabancura-Estoril, cruce peligroso, estaba adelante en plena luz verde.
El cerebro artificial dijo:”perfecto”, y ordenó al brazo derecho pasa la quinta marcha. El cerebro natural, que aún dirigiá ese brazo de carne, lo dejó hacer. También buscaba el placer. . . . ese placer.
Cruzó la intersección a cientosetenta kilómetros por hora, y acelerando. No alcanzó a ver el letrero, pero sabía que decía:” 80 km/hr. VELOCIDAD MAXIMA”. A ninguno de los cerebros le importó. Las Tranqueras quedó atrás a docientos kilómetros por hora. Ni siquiera vió que luz había, aunque creía que verde.
Se divirtió observando a los autos estáticos en medio de Kennedy. Daban la impresión de estar detenidos, sólo por el hecho de ir a la mitad de su velocidad. Su retina eléctrica, un chip especial en el ojo derecho, los vió desaparecer atrás.
Adelante estaba el semáforo de Gerónimo de Alderete, en verde. Sintió un leve temblor helado en la espalda, que lo recorrió de arriba a abajo.
El cerebro natural recordó el accidente. El artificial intentó borrar las imágenes, los sentimientos.
Sí, ese cruce. Hacía dos años, el cruce no era parejo, sino que tenía un pequeño salto. Fue en ese salto donde perdió el control del auto. Su cerebro natural volvió a sentir el miedo, pero el artificial ya había inhibido cualquier expresión fisiológica de él.
Ahora, el cruce estaba arreglado. Ningún salto, sino todo parejo. Aliviado, aceleró aún más.
Su retina eléctrica notó aparecer en el borde de la avenida, al llegar a Manquehue, un objeto en movimiento desde el parque que allí hay. Más rápido, el cerebro artificial reconoció una pelota. ¿Qué hace una pelota en medio de Kennedy, a las tres de la mañana?, se preguntó.
El cerebro natural, lento pero sabio, recordó tarde lo que aparecía detrás de cada pelota.
No tuvo tiempo de frenar, ni de desviar el auto, y aunque hubiera alcanzado, no habría podido. Su brazo izquierdo metálico, su pie derecho también metálico -y su cerebro artificial- no obedecían.
El golpe contra el niño fue rápido, casi imperceptible. Sólo un ruido seco, de huesos al quebrarse, ningún golpe metálico. El cerebro natural pensó:”lástima que estaba intacto”. El cerebro artificial sonrió (tal vez de venganza) y pensó:”un nuevo integrante de la sociedad biomecánica, de sangre y acero”.
El auto siguió por Kennedy hacia el poniente.










[...] cuentos policiales, crímenes y asesinatos. Claros ejemplos de ellos son “Indefinido”, “Crack!!!” y “Rojas lágrimas de oscuridad”, sólo por nombras cuentos publicados en este blog [...]