La María

February 14, 2006
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La María era de esas mujeres incansables, esas que siempre están haciendo algo. Estaba trabajando en nuestra casa desde hacía varios años, recuerdo que al menos unos 20 años. Llegó a trabajar cuando éramos chicos, y recuerdo perfecto el día ese. Era sábado, en la tarde, de esos días de invierno en que no había nada que hacer, y lo pasábamos viendo televisión. Mi mamá había ido a buscarla a una agencia de empleos conocida, y había vuelto con esta mujer de sonrisa fácil y manos suaves. Nos presentó y luego le mostró la pieza. Lo primero que hizo fue prepararnos un queque. Esa misma noche ya nos sentíamos a gusto con ella.

Íbamos al colegio en la mañana, y al volver, todo estaba hecho: el aseo de la casa, las camas bien armadas, el jardín regado, la ropa lavada, y el almuerzo preparado, siempre delicioso. Todo como a mi madre le gustaba. Incluso ella, que era difícil de tratar y habitualmente terminaba peleando con la gente, muy pocas veces discutió con la María. Y cuando lo hacía, la María callaba, y con la frente en alto, seguía haciendo su trabajo, como si supiera como manejar a mi madre. Era orgullosa pero educada, porque sabía su lugar en la casa. Y mi padre, un hombre serio y de pocas palabras, se sentía cohibido por su presencia y la dejaba hacer.
Con la María jugábamos todas las tardes. Nosotros no éramos precisamente unos santos, y molestábamos todo el tiempo, no la dejábamos tranquila ni un minuto. A pesar de ello, la María nunca se enojaba. Nos entendía y decía: “Déjenlos, son niños”. Ella y mis padres estaban siempre ocupados, pero ella, a diferencia de mis padres, se hacía un tiempo y nos entretenía. A pesar de todo el trabajo en la casa, tenía tiempo para contarnos sus historias, que nunca supimos si eran ciertas o sólo fantasía. O nos llevaba a la plaza, a unas cuadras de la casa, para que anduviéramos en bicicleta, jugáramos a la pelota o a la “Escondida”. Si eso era poco, ella se preocupaba de sacar a “Satán”, nuestro pastor alemán. A veces la usábamos de caballo, de doctora o de prisionera, y ella jugaba como un niño más, siempre risueña, sin reclamar.
Inolvidables eran sus manos grandes y gordas, ásperas al tacto por el detergente y la tierra, con las cuales nos preparaba queques, sopaipillas, tortas, mermeladas, empanadas y un sinfín de comidas que eran famosas entre nuestros familiares y amigos. Ella siempre tenía algo rico preparado cuando llegábamos a la casa. ¡Sí que le ponía sabor a la vida la María!
Recuerdo también su boca, de gruesos labios y llena de dientes amarillos, con la voz gruesa que nos llamaba, como de camionero, inconfundible. Y pobre del que no corriera hasta ella, porque de una oreja nos iba a buscar. O sus brazos cortos y gruesos, con los que nos tomaba en brazos o nos abrazaba, luego que mis padres nos retaban. O cuando mantenía nuestros secretos, sin decirle a ellos las malas notas o comunicaciones desde el colegio. Ella firmaba todo, como si hubiera sido nuestro padre.
Ya más grandes, oía todas nuestras desventuras en el colegio, en el amor o con los amigos, y nos daba sus consejos, siempre útiles y aterrizados. Más de una vez esos consejos me salvaron.
Recuerdo que siempre estaba con nosotros, nos acompañaba hasta en las vacaciones. Eso sí, los fines de semana eran sagrados para ella. Salía los sábados a la hora de almuerzo, y volvía todos los lunes en la mañana. Nunca faltó o se atrasó. Sabíamos que iba donde su familia en Los Andes, donde un hermano. La María no se había casado, pero recuerdo que estuvo casi por hacerlo, cuando teníamos once o doce años. Nunca supimos por qué no lo hizo. Podría haberse dicho que éramos como sus hijos.
Así era la María, una gran mujer, una corazón de amor, una biblioteca de sabiduría popular, era la vida misma.

El otro día, cuando llegué de la universidad, supe por mi madre la noticia. La María había muerto. En ese momento me vino a la mente el día que ella se fue, hacía un par de meses. Se había despedido para siempre, pero yo, sin notar su veracidad, le dije que volveríamos a vernos. Ahora sé que no será posible.
Luego de darme la noticia, mi madre se quedó parada junto a la puerta, mirándome, con cara de preocupación. Tal vez esperaba que yo llorara, pero no soy así. Las cosas me afectan, es cierto, y la María era como mi madre, pero me costaba demostrar los sentimientos que esa noticia me produjo. Le pregunto qué pasa y me dice que tiene que contármelo. Contarme qué, le digo. La María, titubea, murió por los disparos de unos policías. Pero cómo, vuelvo a preguntarle, esta vez gritando. En Los Andes hubo una redada, unos tiroteos, y ella recibió un disparo al parecer. Pero qué hacía ahí, pobre María, haber estado en medio de esa balacera, en mal momento, tenemos que ir al funeral. Hijo, me mira mi madre con pena, ella no estaba en mal momento. Hicieron la redada y la encontraron, ella era la que disparaba. Era traficante de cocaína.

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One Response to La María

  1. [...] ser trágica o tragicómica, o que al menos provoque cierta respuesta en el lector. Es el caso de “La María”, o “Envidia”. Lo importante de la idea central y el final es que sea provocador, no [...]

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