Ejercicio semanal 27-2-06
Palabra: Adherencia
El dolor había ido creciendo. En los últimos meses, la sensación de distensión y ardor abdominal eran cada vez mayor, tanto que le impedían alimentarse bien. El control con el Médico ya era una práctica habitual, en la cual Miguel trataba de explicar el aumento de su dolor, y el médico, luego de asegurar la adherencia al tratamiento, sólo se dedicaba a aumentar la dosis de los analgésicos, y rara vez, agregaba alguno nuevo y/o más poderoso. Todos sabían que eran sólo paliativos. la única cura era el tiempo.
Junto al dolor, la depresión y la angustia eran algunas nuevas emociones que habían ido apareciendo. Angustia del dolor que sentía, de la pena que veía en los ojos de sus seres queridos, de las molestias que los hacía pasar. Angustia de saber que a corto plazo ya no estaría más entre los vivos, aunque a veces, cuando el dolor era demasiado, esto era casi una bendición. La depresión, algo que él nunca había pensado en sufrir antes de la enfermedad, se presentaba en el deseo que tenía de que todo su pesar se terminara. Había pensado seriamente en el suicidio.
Su mujer, una profesional dedicada a su trabajo, inicialmente algo reacia a ayudarlo y acompañarlo en su calvario, ya estaba sensibilizada y acostumbrada, y lo apoyaba ahora incondicionalmente. Pero no sabía nada de sus ideas suicidas. Miguel había tenido especial cuidado en callar esto, ya que lo debilitaría aún más a los ojos de su mujer. Y aunque la amaba y sabía que ella también, una pequeña infidelidad que ella tuvo años atrás, aún lo tenían dudoso de presentarse frágil ante ella.
Miguel había pasado por algunas de las etapas psicológicas del duelo frente al diagnóstico. Inicialmente había decidido que esto no era cierto y se rehusaba a tomar las medicina y a seguir los tratamientos, lo cual le hacía aún peor. Desde esa época el médico había acostumbrado preguntarle si realmente se tomaba los remedios, práctica que se repetía cuando ya no era necesario, dado el dolor invalidante que Miguel sentía. Posteriormente, una vez convencido que el diagnóstico de cáncer era cierto, empezó a preguntarse por qué a él, respuesta que claramente no logró resolver. Rápidamente entró en la depresión y probablemente nunca llegaría a la resignación.
Una posibilidad que se le había ocurrido era consultar al médico por su parecer frente a la Eutanasia, y de ser positiva, solicitarla. Pero desechó la idea después de una reunión donde el médico expresó claramente que esa no era una salida honorable para un hombre, además de ir contra su ética y moral. Como si frente a ese dolor, Miguel le quedara algo de ética y moral! Hubiera sido capaz de asesinar, robar o cualquier otra acción reprobable con tal de no sentir el dolor, la ansiedad y el miedo de la muerte cercana.
Pero no faltaba mucho para que esta llegara. Miguel pronto dejó de comer y no tuvo necesidad de solicitar eutanasia ni de suicidarse. Se le aumentaron las dosis de analgésicos a niveles que comenzaron a embotar sus sentidos, y que requirieron el apoyo de oxígeno y sueros endovenosos. Él no tuvo conciencia de esto, hasta los últimos minutos, cuando despertó, miró a su señora que lo acompañaba, cerró los ojos y le dijo “Te perdono…y te amo”. Depués, calló un minuto y expiró diciendo “Ahora lo sé”.









