La Pesca

febrero 15, 2008
By Sin Poitier
Esta entrada es parte 1 de 2 en la serie La Pesca

Hoy fue día de levantarse temprano. Casi antes que despuntara el sol, ya estábamos vestidos con ropa adecuada y desayunados de algo liviano. El sueño aún no se iba, pero había que guardarlo para cuando llegáramos.
Los primero rayos del sol aparecieron justo cuando nos subíamos al auto. A eso llamo yo un timing perfecto. La noche anterior habíamos dejado el bote, los bolsos y las cañas listas. Era día de pesca.
El Gordo, Manuel, su hermano Esteban y yo. Ya ni recuerdo cuando empezamos a salir de pesca, pero debe ser al menos un par de años. Manuel fue el que nos invitó. Creo que desde chico lo recuerdo saliendo de paseo con su abuelo a pescar. Volvía a clases contando sus historias, y aunque con harto color, eran entretenidas.
El Gordo en cambio no había pescado nunca, a pesar de ser bueno para el paseo. Lo conocí siendo Scout, y siempre era el más entusiasta en salir de camping, de caminata, y, bueno, de los buenos asados incluidos. Era el que encendía el fuego y preparaba la carne. El resto nos dedicábamos a comer solamente.
La pesca a mi siempre me atrajo, pero debo reconocer que no la había practicado, más por flojera que por otra cosa. Eso de levantarse temprano, no viene conmigo. Siendo scout, ya, pasaba. Pero ahora más viejo, el día debe comenzar no antes de las 11 de la mañana. Fue por el entusiasmo de Manuel y el Gordo que realmente me uní. Total, es una vez al mes con suerte. Comemos, lo pasamos bien, nos reímos. Y nadie me obliga a ir tampoco.
El calor ya estaba pegando fuerte desde temprano. Polera, pantalón corto y sombrero obligatorios. Atrás, la nevera con cervezas esperaba ser abierta una vez que llegáramos a destino. Sólo dos horas de viaje hacia la cordillera, entre caminos de tierra, bosques y casas abandonadas en el tiempo.
Poco antes de llegar, siempre nos detenemos en un pequeño local en medio de la nada a comprar las últimas cosas. Fósforos es una de ellas. Las primeras veces siempre se nos olvidaba incluirlos, tanto que se convirtió en una costumbre no traerlos. Paramos y compramos en ese mercadito, aprovechamos de saludar a la dueña, una anciana de edad incalculable que siempre nos sonríe, y luego seguimos.
Ese día, lamentablemente la tienda estaba cerrada, asi que perdimos con los fósforos. Como no tuvimos que parar, llegamos casi media hora antes al lago. Para que decir lo precioso que se veía, casi sin viento y desierto.
Bajamos el bote en unos minutos, cargamos los bolsos y la comida y nos lanzamos a la vida. Había que aprovechar el día.

(continuará…)

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Aprendiendo a escuchar: Evanescence – Tourniquet
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