Hay ocasiones en las cuales uno debe tomar decisiones importantes para la vida de otra persona, y cualquiera de las dos que tome, sabe que ambas son malas…y en el caso de la anestesia, mortales. Y es en esos momentos cuando uno siente lo poderoso, pero a la vez, minúsculo y sin poder que uno puede ser.
A veces hay pacientes que no son sanos, pero que por cosas del destino llegan a una situación límite, donde no existen las condiciones de poder mejorarlo. O si existen, funcionan sólo de 8 a 17 PM, y no en un turno de día domingo a las 2 AM. Y uno debe tomar decisiones o conversarlas con otros colegas y familiares del paciente…pero muchas veces, al final está solo.
Cuando esa desición implica que la persona con la cual estabas conversando y riéndote hasta hace 5 minutos se muera, se siente impotencia y tristeza. Angustia por no haber podido salvar una vida y tristeza porque en esos cinco minutos de conversación se logró una pequeña relación de empatía y amistad. Dicen que los médicos no deben tener afecto por sus pacientes, ser duro y pensar fríamente, pero es en esos momentos cuando el corazón se apreta, se hace un nudo en la garganta y una pequeña lágrima trata de escaparse de los ojos, lo cual obliga a mirar hacia abajo, aguantar y luego retirarse. Para mantener el perfil ante los familiares y el personal.
El turno de anoche fue triste.









