Sé que estoy en deuda con mis amigos, los que soportan mis crónicas incompletas de viajes de por si incompletos y apurados. Sé que debo la última parte del viaje a Extremadura, esa que no podrá ser menos que una publicidad encubierta de Los Paradores, cadena de hoteles semiestatales que se construye en castillos, palacios, monasterios medievales y demás lugares horribles. Sé que tampoco informé sobre Brasil y los encuentros y reencuentros que allí hubo, pero si sigo el orden me cansaré mucho y mi vida tampoco es tan interesante como para una entrega en capítulos, de modo que ahora toca Polonia, que es lo último.
VOYTEK
Antes que nada corresponde que les presente a mi anfitrión. Su nombre de pila real tiene muchas más consonantes, pero nos hemos puesto de acuerdo en transformarlo en algo pronunciable acotándolo de esta forma. El susodicho Voytek es tan anestesista como el que les habla y fue recomendado por un compatriota suyo a la clínica en la que me gano el pan, bueno, seamos justos, también el jamón serrano. Estuvo trabajando con nosotros la segunda mitad del año pasado, no hablaba una pepa de castellano (sigue poco menos que igual de ajeno a nuestra lengua) pero es muy angloparlante, lo que, mediando su buena voluntad y nuestras dificultades, estableció la lengua de contacto.
Es un tipo interesante, en el sentido de que es una persona agradable e instruida, que ha recorrido mucho mundo y que tiene mente abierta, aun para aceptar con modestia algunas sugerencias de orden técnico en el trabajo. No es de los que creen que todo lo saben o que nacieron sabiendo y bueno, es un buen principio para dialogar, aun en el disenso.
Los disensos habrían de ser mucho más amplios, él es como casi todos los polacos, muy católico, ya discutiremos qué representa el catolicismo para los polacos más avanzado este relato.
Dice que entre nosotros en Ibiza se ha sentido muy a gusto y se lo creo, primero, porque yo también me siento así y segundo, porque este pedacito de tierra rojiza que emerge del Mediterráneo y en el cual se cruza la historia antigua y las migraciones recientes es decididamente un sitio en el que ser de otro lado no es tan grave. La gente de aquí tiene su lengua, el ibicenco, del que ellos mismos dicen que es un dialecto del catalán, pero yo prefiero decir que todas las lenguas que tienen una raíz común, en este caso el ibicenco, el mallorquín, el menorquín, el valenciano y el catalán, son hermanas y que una de ellas tenga mayor trascendencia que las demás es una “mera” cuestión de hegemonía. Incluso hay historiadores que sostienen que el mallorquín ya se hablaba en la más grande de las islas Baleares cuando el catalán aún no tenía identidad.
Pero dice Voytek que además lo hemos tratado bien, y también le creo, porque tratamos bien a la buena gente y buscamos que se sienta a gusto.
El caso es que cuando supo de nuestra familia polaca se ofreció de guía y contacto y así fuimos a este encuentro con él.
El primer golpe bajo dirigido al lagrimal (siempre se me congestionan cuando recorro sitios impactantes) fue en el Aeropuerto de Varsovia, cuando nos saludamos con las dudas de siempre: los argentinos damos un beso en la mejilla, o mejor dicho al aire, apoyando la mejilla, aun entre hombres, los españoles dan dos, algo menos entre hombres y los polacos tres. Por suerte no fuimos a Rusia donde hay beso entre hombres en la boca y yo, qué quieren que les diga, todavía creo que hay cosas que no son para mi.
Nos recibe el colega y nos chanta así, sin más: “wellcome back home” (bienvenidos de vuelta a casa). Siempre se me mete una brisa por detrás de los anteojos (gafas) y me obliga a restregarme los ojos, siempre…

Toca feriado largo en Polonia, aunque es miércoles nadie piensa volver al trabajo antes del lunes, se van todos juntos y a la misma hora por sus poco modernas carreteras y nos toca poner hora y media hasta el hotel en un trayecto que al día siguiente haríamos en 15 minutos. El hotel es una herencia del socialismo, una austera residencia de médicos que concurren a eventos o residentes o colados como nosotros
Como ven, aún era de día y nos fuimos a recorrer el centro de Varsovia, vacía por completo.
El casco antiguo está completamente reconstruido, porque la guerra no dejó piedra sobre piedra. A mi no me gusta decir “la guerra”, porque es una expresión demasiado neutral y equidistante, así que déjenme decirlo a mi modo: la invasión nazi y el bombardeo de los alemanes destruyó casi todo, lo que quedó en pie luego se destruyó cuando los rusos los echaron. Así suena un poco más cercano a los hechos, no?
El caso es que también había una rara puesta de muchísimas figuras de oso con inscripciones en muchísimos idiomas y, nada, que allí estaban y salieron en las fotos

Antes de la cena en el más pripripipí restaurante de la ciudad para el cual habían reservado y reconfirmado varias veces y donde resultamos luego ser los únicos comensales (Varsovia completa se había marchado de si misma) dimos una vueltita por lo que viene a ser la Plaza Mayor, obviamente desierta

Alguna foto nocturna y ahora me voy a dormir para relatar mañana otro poquito.










[...] …y al otro día nos dirigimos a Rákow (pronúnciese Rákuf), [...]