El día que dejó de llover
El día que dejó de llover fue como cualquier otro día. Nadie se dio cuenta, nada apareció en las noticias, y todo fue extrañamente normal. Los días anteriores había estado lloviendo, nada del otro mundo, un poco de agua, sin desastres ni inundaciones. Hasta el día ese en que la lluvia dejó de caer.
A la semana siguiente, algunos entendidos en la materia estaban algo preocupados sobre la nula existencia de nubes y precipitaciones, algo normal para esa época del año en algunos países. Pero nada dijeron. El resto del mundo siguió su vida, disfrutando del sol y el clima agradable.
Recién al mes, los entendidos comenzaron a informar a los periodistas y los políticos. Algunos comenzaron a rasgar vestiduras, culpando al ser humano del daño al planeta. Otros tomaron el discurso contrario, esto era normal y pronto todo volvería a ser como siempre. Los periodistas hicieron eco de ambas posturas, se conversó en entrevistas con gente entendida en horario nocturno, y luego terminó siendo tema de opinólogos sin conocimientos y conciencia (y escaso C.I. hay que aclarar) en programas matinales.
Pero a los 6 meses, nada había cambiado, al menos en lo que a la lluvia se refería. El cielo seguía azul y claro, sin atisbo de nubes por ningún lado. Los agricultores comenzaron a pedir ayuda al gobierno para salvar la crisis. Se les entregaron dineros que no sirvieron para nada, ya que todo el dinero del mundo no servía para comprar agua que no existía. Las empresas eléctricas, dueñas de un puñado de centrales hidroeléctricas y gran parte del agua del país se negaron a “prestar” agua, por lo que fueron demandadas. Afortunadamente, venció la cordura y la escasa agua que en los embalses existía permitió superar la crisis por un par de meses.
Pero al final del primer año desde aquel día en que dejó de llover ya no quedaba agua potable en ningún lado. Lechos de ríos, pozos y lagos secos. Comenzaron a escasear las verduras, los jardines sin riego hacía meses estaban amarillos, la leche estaba cada vez más cara, al igual que los productos animales. Los árboles empezaron a morir. La reutilización del agua obligaba a no eliminar ni una gota producida por el hombre. Se reciclaron los fluidos corporales, el agua del lavado, pero nada detenía lo inevitable.
Los gobiernos, algunos antes, otros después, comenzaron a ver el mar como una fuente de agua. Se instalaron plantas desalinadoras en casi todas las costas y eso permitió desarrollar cultivos y animales modificados genéticamente para requerir poca agua. La existencia de estos cultivos permitió la utilización de áreas antes abandonadas e inertes. La supervivencia del hombre estaba asegurada, declaraban los políticos al unísono. Los entendidos, que no eran políticos, pero sí un poco más inteligentes, arrugaban el ceño y nada decían de tal muestra de optimismo descriteriado.
El día que dejó de llover ya nadie lo recordaba. Varias generaciones habían pasado, acostumbradas a cielos siempre azules, a alimentos secos y a ríos inexistentes. Poco a poco, los nuevos entendidos fueron notando nuevos cambios, pero también callaron en un principio. El nivel de los mares comenzó a descender, las plantas desalinadoras iban quedando en terrenos secos y se hacían cada vez más inútiles.
Enfermedades, sequías, guerras por el agua comenzaron a suceder una tras otra, todo lo cual fue disminuyendo la población mundial. Las antiguas ciudades ya no servían, y nuevas se iban desarrollando cerca de las costas, que cambiaban cada 5 o 6 años. El retroceso permanente de los mares obligó al hombre a hacerse nómade, volviendo a prácticas olvidadas hacía miles de años. Un desalinador portatil, una turbina y un panel solar para generar energía eran todo lo que una pequeña comunidad requería.
Más pronto que tarde, el planeta Tierra, que antes era principalmente mar, pasó a hacer honor a su nombre. Hacia donde se mirara, todo era tierra de tonos café y cielo azul. Barrido por vientos interminables, el polvo lo cubría todo.
Finalmente, la única laguna de agua en el mundo, en la Fosa del Océano Pacífico antiguamente llamada de Las Marianas albergó a un puñado de hombres. Sin tecnología, sin conocimientos, sucumbieron pronto a la escasez de alimentos y agua potable.
Y así, los cuentos de bosques, de ríos, de animales, del ser humano, dejaron de ser contados y transmitidos. Nadie volvió a acordarse de aquel día, cuando dejó de llover.











[...] This post was mentioned on Twitter by Catalina. Catalina said: El día que dejo de llover http://www.aprendiendoahablar.cl/2008/10/18/el-dia-que-dejo-de-llover.html [...]
Wow, realmente increíble. Ojalá el hombre abra los ojos antes que eso ocurra….
Lo dudo, creo que el hombre terminara destruyendo todo por su sed de poder y de querer controlar todo.