En la Estación: Desconectado
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- En la Estación: Desconectado
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Siendo un niño, había visto a su padre morir. Cáncer de pulmón, secundario al cigarro que lo acompañó toda la vida fue lo que los médicos diagnosticaron. El tratamiento indicado fue el reemplazo de ambos pulmones por filtros biomecánicos, una cirugía sencilla y con bajas complicaciones, pero su padre, un eterno luchador contra los “Nuevos Hombres”, mitad máquinas y circuitos eléctricos, mitad humanos, rechazó esa posibilidad y prefirió morir como antiguamente sucedía.
De tal palo tal astilla rezaba un antiguo dicho antes de la ingeniería genética y la bioingeniería. Abrazó las creencias de su padre y luchó por un mundo sin máquinas, sin extremidades electrónicas, sin sentidos bioeléctricos mejorados. Primero mediante panfletos en las calles, luego a través de la Red. Poco a poco fue dando pasos más hacia técnicas subversivas, rayando en el terrorismo. Un par de bombas en centros médicos, el secuestro de algún alto funcionario del Ministerio de Salud. Y finalmente un intento de asesinato de un miembro del Parlamento Global.
La idea no era nueva. Un pequeño aparato explosivo debajo del automóvil del sujeto en cuestión. Pero no resultó como esperaba. El compañero que fabricó la bomba aparentemente había cometido un error, y la bomba estalló mientras estaba en una mochila en la casa de seguridad. Él no recordaba nada, pero dicen que desapareció toda la manzana alrededor.
Cuando despertó, los médicos habían tenido que reemplazarle el cerebro completo por uno bioeléctrico. ¡Su pesadilla vuelta realidad! Desafortunadamente, habían logrado traspasarle gran parte de los recuerdos de su cerebro natural al nuevo, incluyendo su odio a lo que él mismo se había convertido. Con el tiempo, volvió a las andanzas con su grupo terrorista, pero ahora con una nueva idea: acabar también con su vida. De nada servía luchar contra los “Nuevos Hombres” si él era uno de ellos. Para sus compañeros de lucha, era poco consecuente.
La Estación de Trenes de Alta Velocidad era el lugar preciso para la detonación del artefacto. Y qué mejor fecha que un fin de semana largo, donde gran cantidad de gente viajaba. Llegar con los explosivos en una pequeña caja del bolsillo no había sido gran cosa. Eligió un banco al centro de la estación y se sentó.
Luego del implante, pasó varios días sin dormir. Su cerebro no requería descansar, razón por la cual lo mantenía despierto pensando, ideando, recordando. Luego fueron semanas en que comenzó a pensar que se volvería loco. Necesitaba dormir. Fue cosa del azar que descubrió la manera. De tanto intentar quedarse dormido, pensando en desconectarse, un día simplemente apagó el cerebro bioeléctrico. Quedó en negro, sin tiempo, sin contacto con el medio ambiente, hasta que un amigo lo despertó. Había pasado 48 horas en ese estado. Hizo pruebas y descubrió que desconectarse le era cada vez más simple. El único problema estaba en que necesitaba un estímulo externo poderoso para volver a encenderlo. Ideo un sistema de “despertador” eléctrico, que le permitía asignar un tiempo dado al cabo del cual el aparato le daba golpes de corriente que lo volvían a la realidad.
Miró a su alrededor, las últimas imágenes que tendría, luego encendió la cuenta regresiva de la bomba y se desconectó. En su bolsillo, el reloj empezó a retroceder desde 30.
La pareja que se besaba a su lado no se dio cuenta cuando quedó con la mirada fija, pestañeando de vez en cuando. La estación seguía con su vida habitual, excepto por alguien que lo andaba buscando.
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