Roce Vedado

mayo 13, 2009
By German

El contacto fue de un segundo casi imperceptible, pero una corriente que bajó por su espalda la estremeció completamente, e hizo que pareciera un largo abrazo. Habría preferido eso, pero nunca ocurrió.
El salón, amplio e iluminado, con varios sillones y sillas colocadas estratégicamente para permitir la libre circulación, podía recibir una cantidad no despreciable de personas, muchas de las cuales salían inmediatamente por el gran ventanal hacia la terraza. Varios grupos estaban formados conversando, y quienes llegaban se detenían a saludar a sus conocidos.
Entre ellos estaba él, el cual fue recibido con grandes demostraciones de aprecio por muchos de los presentes, dada su simpatía y buena amistad. Su conversación fluida y animosa invitaba a muchos a conversar y a unirse al grupo donde él estaba.
Luego de entrar, saludó a todos uno por uno, conversando con cada uno de ellos, sin apresurarse, hasta que llegó a ella. En su cuerpo sintió un calor suave al principio, pero cada vez más intenso, que la inundó. El sólo contacto de su piel y el aroma que dejaba en el aire lo había iniciado, pero después continuó por si solo, desbocado por varios minutos.
Deseó que ese instante se prolongara por siempre, que nada ni nadie lo interrumpiera. Que los labios que suavemente la rozaban en la mejilla, las manos en su cintura mientras la atraía hacia sí, o los ojos claros sobre su cuerpo electrizado perdurara más. Pero en una reunión con amigos como esa, todo debía ser breve. Un saludo normal, un beso en la mejilla, un apretón de manos, otros amigos que saludar, otra gente que conocer. A pesar de eso, adoraba sentir los ojos de él en su espalda.
Él también deseaba ese contacto, prohibido, ilegal. Un simple saludo para el resto, era para él un roce erótico, sensual, un contacto emotivo y lleno de sentimientos. Bajo su mano, en ese fugaz instante, sentía su piel, su cuerpo joven, como se estremecía por el contacto.
Ambos sentían lo mismo al estar juntos, y lo sabían. Con los ojos habían conversado ya varias veces, añorando estar solos, para tocarse, acariciarse, suavemente  deslizar sus manos por toda la piel del otro, sin siquiera hablar, sólo murmullos que no limitan el silencio. Ambos se deseaban como sólo se podía desear lo prohibido, lo lejano e intocable. Para ellos, esa posibilidad estaba lejana, vedada por la amistad que tenían con la pareja del otro. Su mejor amigo él, su mejor amiga ella.

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